Cómo se arma una corona fúnebre bien hecha: lo que decide una pieza sólida
Una corona fúnebre bien hecha se decide en lo que no se ve. Antes que el color o la flor elegida, lo que sostiene la pieza es la base, la proporción y el orden con que se cubre cada parte técnica. Una corona carga mucho peso: la espuma saturada de agua, las flores y una cantidad generosa de vegetación. Además tiene que viajar de pie y aguantar todas las horas de la ceremonia sin moverse. Cuando esa estructura está bien resuelta, el resultado se ve hecho enteramente de flores y hojas por todos sus lados. Cuando no lo está, la pieza se vence en el camino. Le contamos cómo la armamos en el taller.
¿Por qué una corona bien hecha empieza por la base que nadie ve?
Porque es la parte que carga todo el peso y de la que depende que la pieza llegue entera. El peso combinado de la espuma mojada, las flores y la vegetación es alto, y una base frágil cede en el trayecto. La nuestra es una plancha delgada, muy resistente, impermeable y liviana, cortada a pedido en anillos de distintos diámetros (35, 45 y 50 centímetros). Es de color verde, para que desaparezca bajo la vegetación en lugar de asomarse.
Sobre ese anillo amarramos cubos de espuma floral (oasis) ya humedecidos, apretados uno junto a otro y fijados con cinta armada de floristería, no con cinta de oficina. Esa cinta sujeta con firmeza y se ve limpia. La primera tarea del florista, antes de la flor, es cubrir todo lo técnico: la espuma, la cinta y los cantos laterales. Así, mirada desde cualquier ángulo, la corona se lee como flores y hojas, sin una sola parte de armado a la vista.
¿En qué se sostiene la corona durante la ceremonia?
En su atril. Una corona se puede posar sobre el ataúd cuando es pequeña, dejar junto a la sepultura o al costado, o presentar casi vertical sobre un atril de tres patas. Ese soporte importa tanto como la pieza: un perfil demasiado fino se dobla y una corona grande empieza a bambolearse sobre él. Por eso usamos un perfil más firme para las piezas grandes y uno más delgado para las chicas, pintados en negro, elegantes sin resultar pesados a la vista.
¿Qué proporción hace que una corona se vea equilibrada?
Agrupamos la flor en tres registros. La flor protagonista, en formas grandes o en masas agrupadas que crean una mancha de color, ocupa alrededor del diez por ciento. La flor secundaria, de tamaño medio (crisantemos, lisianthus, alstroemeria), ronda el sesenta por ciento. El resto es flor menuda o dividida en pequeñas inflorescencias, que llena los espacios para que no queden zonas de pura hoja a la vista. Todo eso descansa sobre una base amplia de vegetación elegida al tono de las flores.
Esa manera de agrupar sigue un principio clásico de floristería, cercano a la proporción áurea (la regla 3:5:8), y ese mismo criterio de proporción se aplica al trabajo fúnebre y de simpatía: el material se agrupa en flor focal, secundaria y de relleno para que el conjunto se vea equilibrado. La flor protagonista, además, tiene que tener el porte y la presencia que ese lugar pide. Si una flor secundaria ocupa ese sitio, la pieza pierde jerarquía visual.
A esto sumamos dos reglas antiguas que aprendimos en formación y que casi nadie aplica ya. La primera: la corona fúnebre tiene una abertura interna pequeña y un cuerpo ancho, a diferencia de la corona de puerta, que es de cuerpo fino y hueco amplio. Esa proporción más llena pertenece a la misma tradición de la sección áurea. La segunda: cuando la flor o la hoja tiene una dirección, el material se monta en sentido antihorario. Es una regla de escuela, y la conservamos.
Las flores con las que trabajamos una corona son, casi siempre, rosas (a veces rosas francesas de pétalos grandes y vueltos), lisianthus (Eustoma), crisantemos de cabeza grande y pequeña, incluido el disbud (crisantemo de una sola cabeza grande), escabiosa (Scabiosa), solidago (vara de oro) y statice o limonium (Limonium). El clavel (Dianthus) no falta. Cuando la estación lo permite entran tulipanes, peonías, orquídeas o delfinium (Delphinium), este último por un tono azul que ninguna otra flor entrega. Para dar textura, sumamos elementos de punta como el cardo o el eryngium (cardo azul) y algunas ramas espinosas.
¿En qué se diferencia un cubreurna de una corona?
En cómo se arma y en el tiempo que toma. El arreglo en caja de madera, que en Chile se conoce como cubreurna, se hace con tallos largos o medianos, flor directa del paquete. La pieza tiene una cara: la espalda queda contra la urna y no se ve, así que atrás va casi solo vegetación. Por eso se arma mucho más rápido, entre quince y veinte minutos. La corona, en cambio, es lenta y minuciosa, y mantiene al florista fuera de todo lo demás por un buen rato. Ahí está la razón real de que una corona cueste y demore lo que cuesta y demore.
¿Cuándo conviene un cubreurna y no una corona?
Cuando el tiempo es lo que manda. Si usted necesita una pieza para dentro de la próxima hora, una corona no es realista, porque armarla bien toma su tiempo. En ese caso le ofrecemos un cubreurna o una pieza más directa, que sale lista pronto y alcanza a llegar a la ceremonia. Y cuando una corona sí tiene que salir rápido, la armamos entre dos o tres floristas a la vez, a cuatro o seis manos, para acortar la espera. También, si la familia pidió algo sobrio y contenido, una corona grande puede ser más de lo que corresponde al momento. Preferimos decirlo antes que después.
Antes de que la pieza salga del taller le enviamos una foto por WhatsApp, para que vea la corona o el cubreurna terminado antes del despacho. Los encargos fúnebres tienen prioridad en el taller. Trabajar una pieza para una despedida es un encargo de confianza, y lo tomamos con el cuidado que ese momento pide.
Puede ver las piezas disponibles en nuestra colección de condolencias, y si la entrega es a un velatorio, una iglesia o un cementerio, aquí explicamos cómo coordinamos esa entrega.
Elizaveta Nechiporenko, florista de diseño de autor, directora de Florissimo.
